Apoyo y maestro de tu hijo.

Al preguntarle a Anastasia de qué modo un trozo de tierra con sus plantaciones –aun habiendo sido plantadas de ese modo especial y encontrándose en contacto directo con la persona– podría contribuir a la crianza de los niños, me esperaba oír de ella una respuesta así como que es necesario inculcar a los niños el amor a la naturaleza, o algo similar. Sin embargo, me equivoqué. Lo que ella me dijo, me asombró por la simplicidad del argumento y, al mismo tiempo, por la profundidad de su sentido filosófico.

—¡La naturaleza, la mente del Universo han hecho que cada nuevo ser humano nazca soberano, rey! El recién nacido es semejante a un ángel: puro e inmaculado. Al tener todavía abierto el sincipucio, recibe un gran torrente de información del Universo. Las capacidades de cada recién nacido le permiten convertirse en la criatura más sabia del Universo, semejante a Dios. Necesita muy poco tiempo para derramar gracia y felicidad sobre sus padres. El periodo en el que está tomando conciencia de la esencia de lo que constituye el Universo y del sentido de la existencia humana, abarca solamente nueve años terrestres. Y todo lo que necesita para esto, ya existe. Únicamente, los padres no deberían tergiversar la genuina estructura natural del Universo apartando al niño de las creaciones más perfectas del mismo. Pero el mundo tecnócrata no les permite a los padres hacerlo. ¿Qué ve el bebé en su primera mirada consciente? Ve el techo, el borde de su cuna, algunas prendas de tela, las paredes…, todo ello atributos y valores del mundo artificial, creados por la sociedad tecnócrata. Y en este mundo se encuentra su madre y sus pechos. “Pues así deben de ser las cosas” —concluye―. Sus sonrientes padres le obsequian con objetos que tintinean o chirrían, los juguetes. ¿Para qué? Va a pasar mucho tiempo intentando llegar a entender con qué fin estas cosas tintinean y chirrían. Va a intentar comprenderlo con su mente consciente y su subconsciente. Luego, los mismos padres sonrientes van a atarle con unos trapos que le resultan de lo más incómodo. Él va a intentar librarse, ¡pero en vano! ¡Y la única manera posible de protestar es el grito! El grito de protesta, la petición de ayuda, el grito de indignación. Desde este momento, el ángel y soberano se convierte en un esclavo, un indigente que mendiga.


Uno tras otro, el niño es obsequiado con atributos del mundo artificial. Es
recompensado con un nuevo juguete, una nueva ropita, como un bien. Y con esto, le inculcan que estos objetos son los más importantes de este mundo al que ha venido. A él, el ser más perfecto del Universo, aunque sea pequeño todavía, le hacen gorgoritos y tratan con condescendencia, con esto mismo, sin querer, le tratan como si fuera un ser imperfecto. Incluso en las instituciones que vosotros consideráis educativas, le siguen hablando constantemente de los valores de ese mundo artificial. Solamente, hacia la edad de nueve años, mencionan, de paso, la existencia de la naturaleza, como si fuera un anexo de lo otro, de lo principal, sobreentendiendo que lo principal es todo lo que ha sido hecho por la mano del Hombre. Y la mayoría de la gente hasta el fin de sus días, no es capaz de tomar conciencia de la verdad. Podría decirse que la sencilla pregunta: “¿En qué consiste el sentido de la vida?”, queda sin resolver.

Y el sentido de la vida hay que encontrarlo en la verdad, la alegría y el amor. Un niño de nueve años, criado por el mundo natural, tiene una comprensión mucho más precisa del Universo que las instituciones científicas de vuestro mundo y que muchos de los científicos reconocidos por vuestra sociedad.
―¡Para, Anastasia! Probablemente te refieres a un conocimiento de la naturaleza, asumiendo que su vida transcurriera de la misma manera que la tuya. Y aquí puedo estar de acuerdo contigo. Pero es que el hombre actual está forzado, para bien o para mal – eso es otra cuestión– a vivir, precisamente, en nuestro mundo tecnócrata, como tú lo llamas. El Hombre criado así como propones, va a conocer la naturaleza, a sentirla, pero en las otras cosas será un absoluto profano. Es que… verás, están también las ciencias, como las matemáticas, la física, la química, o simplemente, el conocimiento de la vida, de las manifestaciones sociales.

―Para alguien que ha aprendido en su justo momento la esencia del Universo, todo eso es una nimiedad. Si él quiere o considera necesario probarse a sí mismo en el dominio de alguna ciencia, sobresaldrá fácilmente de entre todos los demás.

―¿De dónde has sacado esto, Anastasia? Me interesa saber.

―El hombre del mundo tecnocrático no ha inventado todavía nada que no exista en la naturaleza. Incluso los perfectos mecanismos manufacturados, son solamente una mísera sombra de lo que existe en la naturaleza.

―Está bien, que sea así, pero me prometiste explicar cómo se puede criar a un niño y desarrollar sus capacidades en nuestras condiciones. Sólo te pido que hables de ello, de forma que lo pueda entender, dando ejemplos concretos.

―Intentaré darte ejemplos concretos, ―contestó Anastasia―. Yo ya he modelado situaciones así y he intentado sugerirle a una familia qué hay que hacer, sólo que no hay forma de que ellos se den cuenta del punto clave, y hagan a su niño la pregunta adecuada… Estos padres resultaron tener un niño excepcionalmente puro y capaz, que podría haber traído mucho beneficio a los que viven en la Tierra, pero… Estos padres llegan con su niño de tres años a su parcela de dacha y traen consigo sus juguetes favoritos. Los juguetes artificiales, que desplazan las verdaderas prioridades del Universo. ¡Ay, si al menos no hicieran eso! En efecto, al niño se le puede entretener y entusiasmar con otra ocupación más interesante que la desprovista de sentido e incluso perjudicial comunicación con los objetos manufacturados.

En primer lugar, pedidle que os ayude, pero hay que hacerlo muy en serio, sin condescendencia alguna, ya que, de hecho, él realmente os ayudará. Si estáis plantando, pedidle que sostenga las semillas que se van a plantar o que rastrille el bancal, o que, de por sí, ponga la semilla en el hoyo preparado. En todo momento, comentadle lo que estáis haciendo, por ejemplo, así: “Vamos a poner la semilla en la tierra y con la tierra lo cubrimos. Cuando el solecito luzca y caliente la tierra, la semilla sentirá el calorcito y empezará a crecer, querrá mirar al solecito y asomará de la tierra un brotecito verde, tal como éste”. Y con estas palabras, hay que señalarle alguna hierbecita. “Si le gusta, el brotecito va a hacerse cada vez más y más grande y puede convertirse en un árbol, o en algo más pequeño, en una flor. También quiero que nos dé un sabroso fruto, y tú lo comerás, si te gusta. El brotecillo preparará su fruto para ti”.

Cada vez que lleguéis con el niño a vuestro terreno, o cuando despierte por la mañana, lo primero que hay que hacer es proponerle mirar si ha asomado ya el brotecito. Cuando veáis que el brotecito ya ha aparecido, regocijaos. Si sembráis plantones en vez de semillas, también hay que explicarle al niño lo que estáis haciendo. Si sembráis los plantones de tomates, entonces, que él os traiga los tallos uno a uno. Si quebrara alguno sin querer, tomad en las manos el tallito quebrado y decid: “Creo que éste no va a vivir y no nos dará fruto, se ha quebrado, pero con todo y con eso, vamos a probar a plantarlo”. Y plantad, junto a los otros, al menos un plantón quebrado.

Al cabo de unos días, cuando os acerquéis otra vez al bancal con vuestro hijo y los tallos de tomates hayan agarrado ya, señaladle al pequeño también el tallito quebrado, que se está marchitando y recordadle al niño que éste se quebró al plantarlo. Pero al hacer esto, no habléis al niño en un tono aleccionador. Hay que hablarle como a un igual. En su conocimiento tiene que grabarse que en algunas cosas él os supera a vosotros, por ejemplo, en pureza de pensamientos. Él es un ángel. Si lográis entender esto, posteriormente podréis actuar ya intuitivamente, y verdaderamente vuestro hijo llegará a ser esa persona que os hará felices a vosotros.

Cuando vayáis a dormir bajo el cielo estrellado, llevad con vosotros también a vuestro hijo, acostadle a vuestro lado, que mire el cielo estrellado, pero en ningún caso le expliquéis ni los nombres de los planetas, ni cómo vosotros entendéis su origen y predesignación, puesto que vosotros mismos no lo sabéis, y los dogmas que existen en vuestro cerebro, solamente van a desviar al niño de la verdad. Su subconsciente conoce la verdad, y ésta, de por sí, pasará a su conciencia. Podéis comentarle simplemente que os gusta mirar las estrellas luminosas y preguntarle a vuestro hijo qué estrella le gusta más de entre todas.
En general, es muy importante saber hacerle al niño o a la niña las preguntas. Al año siguiente, hay que ofrecerle su propio bancal, adornarlo, darle la posibilidad de hacer allí todo lo que quiera. En ningún caso hay que obligarle a hacer algo en este bancal, ni corregir lo que haga. Solamente se le puede preguntar de vez en cuando lo que quiere hacer. Se le puede ayudar, pero sólo después de haberle pedido permiso para trabajar un poco junto a él o ella. Cuando vayáis a sembrar los cereales, invitadle a que eche algunos granos en el bancal con su manita.

―Bueno ―observé todavía con incredulidad―, puede que de esta manera, el niño muestre interés por el mundo vegetal, y puede que llegue a ser un buen agrónomo, pero, de todas formas, ¿de dónde le van a venir los conocimientos en los otros ámbitos?

―¿Pero cómo, de dónde? No es sólo una cuestión de que va a tener un conocimiento y un sentimiento de qué crece y cómo. Lo principal es que él empezará a pensar y a analizar, y en su cerebro se despertarán unas pequeñas células que van a funcionar ya toda su vida. Precisamente éstas, le van a hacer más inteligente y con más talento que aquellos que tienen estas celulitas dormidas. En cuanto a la vida, a lo que vosotros llamáis el progreso, esta persona puede resultar insuperable en cualquier campo, y la mayor pureza de sus pensamientos, en comparación con los otros, le hará más feliz. El contacto que ha establecido con sus planetas le permitirá recibir e intercambiar, constantemente, más y más información nueva cada vez. Toda esta información va a ser recibida por su subconsciente y transmitida a la conciencia en forma de más y más pensamientos y descubrimientos nuevos. En apariencia, parecerá una persona corriente, pero interiormente… éste es el tipo de persona a la que vosotros llamáis “un genio”.

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